NUESTRA ESTUPEFACCIÓN Y DESAZÓN

San Miguel en Duputación

Tras leer algunas opiniones al hilo de nuestro artículo sobre la recepción del Ángel de Aralar en el Parlamento de Navarra, no sabemos por qué tesis implícitas mostrar mayor estupefacción y desazón. Si por la que aboga por el efecto positivo de la celebración de determinados ritos católicos en el seno de instituciones públicas representativas de la ciudadanía, abjurando del carácter confesionalmente neutral de estas últimas. O si por la que prescinde del origen en el tiempo y de los impulsores de la práctica de introducción de dichos ritos, obviando que en la misma latía una pulsión evidente de utilización, por parte de los partidos derechistas, de las creencias religiosas en beneficio propio frente a las corrientes de pensamiento progresista. Y es que en el fondo ambas tesis están inextricablemente entrelazadas entre sí. Aunque también habría que decir que existe una tercera tesis solapada en aquellas: las que no dejan de recordar con simpatía el carlismo, percibiéndolo como un elemento que no debe criticarse porque cualquier ataque al mismo sería una agresión a unas hipotéticas esencias navarras y, paralelamente, algo contraproducente para los partidos políticos que hoy en día, en la segunda década del siglo XXI, se afanan por luchar por la conquista de una pretendida centralidad política interpretada en clave confesional.

La recepción del ángel de Aralar en la Diputación, la primera de las instituciones que lo admitió, ni es una tradición inveterada ni en su instauración estaba ausente el afán de utilización de la religión católica con fines políticos. Arranca de 1925 (en el caso del ayuntamiento pamplonés sólo comenzaría a partir de 1940; en el Parlamento de Navarra se iniciaría en 1984, en su quinto año de vida) y responde a una ofensiva de rearme ideológico de la derecha en plena dictadura primorriverista, una etapa política surgida en 1923 por efecto de la crisis del Estado español en el plano social y territorial posterior a 1917 y en la que se formularían reactivamente por aquélla todos los discursos antis (antiliberalista, antiparlamentarista, antisocialista, antinacionalista periférico) que eclosionarían con mucha mayor agudeza años después a lo largo del periodo republicano, llegando a su exacerbación a partir de 1936. El fin último que perseguía Ignacio Baleztena Azcárate, el diputado foral que promovió aquella recepción, era extremar la identificación entre la institución foral y el catolicismo, configurando un eje de debate de cara al futuro en el caso de que determinadas fuerzas de signo progresista intentaran promover pautas de actuación más neutralista en el plano religioso.

Una estrategia parecida se siguió con San Francisco Javier. Los intentos de laicización de los gobiernos liberales de principios de siglo fueron replicados a partir de 1916 con la potenciación de la figura de dicho santo y con la participación de la corporación foral en los actos en su honor. Los fastos organizados en 1922, con ocasión de la llegada de sus restos (y en los que destacaría activamente el mismo Ignacio Baleztena) constituyeron el momento en que se fijaría la retórica apropiatoria del mismo por parte de la derecha españolista navarra y ante la que poco ha tenido que hacer históricamente la versión alternativa fomentada desde el nacionalismo vasco.

La rentabilidad de tal estrategia como argumento movilizador para la acción colectiva no tardó en comprobarse. El 3 de diciembre de 1931 las derechas navarras se afanarían en la instrumentalización simbólica del santo ante la decisión de la Comisión Gestora de la Diputación, designada por el Gobierno de Madrid en abril de 1931 y en la que los republicano-socialistas constituían la mayoría, de romper, consecuentemente con el espíritu laico de los valores republicanos y con el articulado de la Constitución que iba a aprobarse en los próximos días, con la tradición acuñada desde 1916 y no acudir a los actos religiosos del día. Una fortísima campaña culminó con una manifestación que terminó con incidentes en los que unos jóvenes se encaramaron al balcón del Palacio y colgaron la bandera de Navarra en su versión monárquica, rompiendo de paso la bandera de España tricolor republicana. El PNV apoyó en aquella iniciativa a conservadores, tradicionalistas, católicos independientes y dinásticos navarros con la presencia activa de insignes representantes, entre ellos el futuro lehendakari José Antonio Aguirre, diputado, por aquel entonces en Madrid por Navarra por la coalición católicofuerista (coalición formada entre las derechas navarras y el PNV) elegido en junio de 1931. Y lo hizo de forma sorprendente por cuanto pocos días después dicha coalición fenecía con el apoyo nacionalista al régimen republicano explicitado con el voto a favor a la investidura de Alcalá-Zamora como Presidente de la República.

De cualquier forma, no comprendemos el silenciamiento del perfil de Ignacio Baleztena, el creador de la nueva tradición mencionada. Este destacado tradicionalista, miembro de la Junta Regional Carlista de Navarra a la altura de julio de 1936 y hermano del presidente de dicho órgano (que sería elegido, asimismo, la noche del 19 al 20 de julio por un representante de Mola como presidente de la infausta Junta Central Carlista de Guerra de Navarra, aunque todo parece indicar que renunció tempranamente a dicho cargo), fue en todo momento fidelísimo a sus siglas. Su pregonado vasquismo se conjugó con un acentuado antinacionalismo vasco, presente ya en el semanario Joshe Miguel que impulsó en 1914. Tampoco fue óbice para que fuera uno de los participantes en la reunión de mayo de 1932 en la que se decidió la postura ambivalente de la Comunión Tradicionalista en relación con el Estatuto Vasco-navarro y que, al subrayar la conexión de este con el “laicismo escandaloso” de la Constitución republicana, abocó a aquél a ser rechazado en la asamblea de Pamplona de un mes después a causa del rechazo, entre otros, de la mayoría de los representantes de aquel partido. Asimismo, se le desconoce cualquier intento, al contrario de lo sucedido con Joaquín Beúnza, de tratar de conciliar el eventual marco estatutario cuatriprovincial con la reivindicación de la reintegración foral. Por último, no puede olvidarse el apoyo económico que él y su hermano dieron a la adquisición de armas para el brazo paramilitar tradicionalista a lo largo del periodo republicano y que, como mínimo, se situaría en las 650.000 pesetas de entonces (casi 1,5 millones de euros al cambio actual) estimadas por la Junta Central Carlista de Guerra de Navarra en abril de 1937. Cuestiones todas ellas que no conviene olvidar.

Fernando Mikelarena, Pablo Ibáñez, Ramón Urtasun, Carlos Martínez, Víctor Moreno, Txema Aranaz en representación del  Ateneo Basilio Lacort

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