MIGUEL ÁNGEL MUEZ

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Recientemente se nos ha ido Miguel Ángel Muez. En nuestro ateneo lacortiano, su figura ocupa un lugar preferente. No hace mucho todavía que nos contaba la anécdota –singular como todas las suyas– de una visita que siendo concejal realizó al cementerio pamplonés y al pasar junto a la tumba de D. Basilio Lacort, el capellán de guardia que le acompañaba, señalándola admonitoriamente, le dijo: “Aquí yace un famoso sectario…” y prosiguió su camino tan ufano.

Nuestro hombre, ejerció como concejal entre los años 1967 y 1979 (fecha en que se celebraron las primeras elecciones municipales democráticas tras el franquismo). Son muchas las crónicas que situaron al Ayuntamiento de Iruñea como el más complicado del país. Ello se debió a la presencia constante en esos años de un grupo de concejales que fueron conocidos como concejales “sociales” o “rojos”, que fueron elegidos mediante el único resquicio que la legislación de la época dejaba para la elección ciudadana, y que no era otro que el limitado ejercicio de la “democracia orgánica” mediante la elección del denominado “tercio familiar”.

Eran los “años de plomo” del régimen franquista en los que la lucha municipal pamplonesa, muy activa y muy polémica por la intervención de estos concejales “rojos” del tercio familiar, constituyó un fenómeno insólito que ha merecido el estudio y el análisis de varios autores.

Miguel Ángel Muez formó parte en los Ayuntamientos de la época (desde 1967 a 1979), junto a ese grupo de concejales, al igual que sus amigos Jacinto Martínez Alegría y Jesús Mª Velasco. También lo fueron durante algunos años los concejales Sres. Echaniz, Pérez Balda, Sáez, López Cristóbal, Caballero y Eguiluz, ya fallecidos, y el que fuera alcalde, Javier Erice.

Este grupo de concejales, del que tal vez fuera Muez su representante más reconocido y destacado, fue protagonista de singulares actuaciones en la labor política de ámbito municipal en pleno franquismo y fueron sin duda los artífices de unos logros ciudadanos, decisiones para nuestra ciudad que no solo marcaron una época –la suya propia– lastrada por el fascismo y la falta de libertades, sino que nos sirvieron de pauta y modelo de comportamiento a las generaciones futuras para vivir en una Pamplona, marcada por la defensa de lo público y del interés general, dando voz a la ciudadanía y todo ello con una actuación personal, ejemplar, austera y de honradez acrisolada a lo largo de toda su vida pública.

Con su participación, su impulso decisivo y su sello personal, cabe decir que se pusieron en marcha actividades como la Ikastola Municipal, Andraize, COTUP, Donapea, recuperación de la Ciudadela, la creación de la Inmobiliaria Municipal, para evitar la especulación inmobiliaria y promover la construcción de viviendas sociales en régimen cooperativo (San Juan, Ermitagaña, etc.) o la recuperación de Aranzadi para zona deportiva. Sin olvidarnos de la defensa a ultranza del euskera, la reivindicación constante de democracia y libertad, además de ser de los que promovieron la normalización de la Ikurriña en el Ayuntamiento pamplonés en el año 1977.

Todo ello les supuso un alto coste personal en forma de insultos, amenazas, intentos de corrupción, suspensiones, multas, querellas y hasta el despido laboral que afrontaron con total dignidad y coherencia.

Todavía era ayer cuando pudimos ver a Muez, Martínez Alegría y Velasco en primera línea para la defensa del Patrimonio Histórico y Arqueológico de nuestra ciudad en la lucha vecinal y popular contra el expolio de la Plaza del Castillo. El propio Muez y Martínez Alegría fueron detenidos en tal ocasión, y sometidos a juicio por desobediencia.

Muez nos dijo muchas veces que en su labor municipal tuvieron muchos errores, lo que le honra, pues errores y descalabros los tienen todos aquellos hombres que no son superficiales, ya que tan sólo se salva del error el mediocre o el cretino y Muez no era ni una cosa, ni otra.

Entre sus características fundamentales habría que destacar sobre todo la de su honradez ejemplar, su sentido de lo público, su afán por la democracia y una austeridad a resguardo de cualquier tentación.

Muez no respondía a los prototipos de “Concejal mozopeña” ni “Concejal cuerpociudad”, a los que por desgracia estamos acostumbrados, y tampoco podría considerársele representativo de la clase política que se define y autoproclama “nosotroslosdemócratas”.

Su sentido de la democracia le llevaba a tener ideas muy claras de lo que era representar y querer a su ciudad, así como a definir los límites de la laicidad a la hora de ejercer su cargo en las épocas del fascismo más duro, por lo que tuvo que pagar un alto precio, junto a su familia y amigos.

Nos queda por fortuna una muestra de su pensamiento en el libro que en el año 1970 escribieron como guía de su actuación municipal. Hablamos de Ayuntamiento y Pueblo, que debiera ser libro de cabecera de nuestros concejales y del que son coautores entre otros los Sres. Muez, Eguiluz y López Cristóbal.

Allí podemos leer cosas como las siguientes:

El diálogo Ayuntamiento-Pueblo, era el primer objetivo y casi único que quería fijarme al igual que mis compañeros de candidatura. Todo lo demás surgiría de este diálogo o no tendría razón de ser…”.

“Un concejal puede perder todas las votaciones, lo que no puede perder es la fe en el pueblo y el contacto y la visión de la realidad”.

“La propiedad privada del suelo, es la auténtica ruina de la ciudad y la fuente de la mayor explotación”.

“Emprender la tarea de socializar o municipalizar los servicios de transporte urbano es tarea urgente, exigida y exigible por una convivencia humana moderna”.

“No hay acción municipal que merezca la pena si no es cauce de diálogo y participación del pueblo en las tareas del Ayuntamiento”.

“La realización urbanística es el alma de la ciudad, como la forma arquitectónica es su faz. Si ambos son mediocres, mediocre es la ciudad y esta mediocridad nos impregna”.

“Hay que hacer llegar al pueblo la idea de que cuando se especula con el suelo se le está robando descaradamente”.

“Hay que hacer llegar al pueblo la idea de que la ciudad es suya. Que el Ayuntamiento debe estar a su servicio. Que si la piratería del suelo es posible gracias a la presión, no menos presión puede ejercer un pueblo dispuesto a recuperar los hitos que se le han usurpado”.

“Lo que sí ha pretendido es descubrir a los eternamente administrados, que también pueden ser administradores”.

He aquí un breve muestrario de sus actuaciones y del pensamiento que guió las mismas. Está claro que el censor de turno ni se enteró, por lo que nuestra ciudad salió ganando y nosotros también.

Muez y sus compañeros y amigos concejales forman parte de nuestro pamplonario particular, y bien merecen ser recordados como personas que de forma desinteresada, amaron esta ciudad, y como ejemplo a seguir por los actuales Ayuntamientos.

Si nos encontráramos con el capellán de guardia antes mencionado, seguro que en lugar de un famoso sectario, nos hablaría de dos. Cabe la esperanza de seguir sumando sectarios como éstos hasta germinar una Pamplona para todos.

Pamplona, 26 de Septiembre de 2016

En representación del Ateneo Basilio Lacort,

Pablo Ibañez, Víctor Moreno, Fernando Mikelarena, José Ramón Urtasun, Carlos Martínez, Txema Aranaz.

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EL OBISPO Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA

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Estos últimos días, hemos visto cómo una vez más el poder político y el religioso se han confabulado para responder al Ayuntamiento de Pamplona en relación con las exhumaciones en los Caídos de los restos de los militares golpistas Mola y Sanjurjo. Una imagen que en un Estado no confesional ya debería haber pasado a mejor recaudo.

Por un lado, Jorge Fernández Díaz, ministro del interior en funciones, afirmó recientemente en Pamplona que “hay que mirar al futuro y que hay algunos que pretenden ganar la guerra civil 40 años o no sé cuántos años después de haber terminado en el 39”. Formidable descubrimiento en un cerebro que todavía no ha salido del Cretácico en cuando a pensamiento político se refiere.

Por otro, el obispo, ha hecho sus particulares alegaciones contra el expediente de clausura de la cripta del Monumento a los Caídos, defendiendo que los militares perjuros sigan pernoctando en dicho lugar como si se tratara de dos beneméritos y generosos filántropos, a los que Navarra debiera algo. Sabemos que, en efecto, hay una Navarra que debe mucho a estos militares, pues gracias a ellos asentaron sus conocidos patrimonios. Pero también es cierto que hay otra Navarra que sabe que estos individuos fueron los causante de mucho dolor, de mucho sufrimiento y mucha tristeza. Los primeros pertenecen al ámbito de los verdugos; los segundos, al de sus víctimas.

El obispo, excapellán castrense, tiene que saberlo mejor que nadie: Mola y Sanjurjo fueron golpistas. El segundo reincidente y el primero, un individuo que solo podrá figurar en una guía oficial de genocidas impenitentes. Ambos se rebelaron contra un Gobierno democrático, elegido por sufragio universal y por voluntad popular.

Esto no significa que el único responsable, grande y libre del genocidio perpetrado en Navarra fuese Mola Vidal. Fue el vértice de una pirámide formada por carlistas y falangistas, pero, también, aupado por las oligarquías socioeconómicas de la provincia. No en vano estas oligarquías dirigieron la limpieza política, marcando sus tiempos y su depuración selectiva. Gómez Itoiz desde la Junta Superior de Educación y Martínez Morentin desde la poderosa Junta Central Carlista de Guerra deben mucho a esa limpieza a la que se entregaron con fornicularia obsesión. La draconiana campaña de limpieza política llevada a cabo en Navarra en comparación con Alava, indica la brutalidad sin paliativos de los agentes represivos operados en nuestra provincia. En ambas comunidades, la primacía del tradicionalismo y de los conservadores era parecida. En Álava, hubo 190 asesinatos con una población tres veces inferior, por lo que la magnitud de la tragedia fue cinco veces menor que en Navarra.

Pero hay más. El papel de la Iglesia católica en aquel proceso represivo fue capital, y el titular de la diócesis actual sabe, también, que la conferencia episcopal proporcionó fundamento teológico al argumentario golpista, presentando la sublevación armada contra el orden constitucional como una santa Cruzada. Dios quedaría convertido en la mejor excusa que borraba de un plumazo cualquier mancha de pecado, de barbarie, de crueldad y de genocidio. Así, asentaron su cooperación en la sistemática degradación de los llamados desafectos al Glorioso Alzamiento Nacional. La humillación política, humana y moral de los asesinados fue una infamia, en la que colaboraría de un modo atroz el llamado Boletín del Cuartel del Generalísimo, alias el periódico de Cordovilla. La Iglesia, junto con el poder de las oligarquías socioeconómicas de Navarra, participaría en la elaboración de listas negras, que luego se convertirían en asesinados. Recuerde el obispo cómo sus homónimos Olaechea y Mateo prohibieron a los sacerdotes adherirse a la República en su circular titulada Non licet (‘no es lícito’). Y para su escarnio histórico, siempre figurará su participación en la configuración de rituales populistas de solidaridad grupal en torno a la Cruz con el único propósito de justificar al bando sublevado, mediante rezos, misas y permanentes procesiones. Pero lo más grave, lo más incívico, lo más inhumano, será siempre la estampa de sacerdotes como asesores espirituales, aceptando el asesinato de individuos que sabían mejor que no habían cometido nada ilegal.

Los argumentos del obispo son tan peregrinos como infundados, lo que resulta extraño. Pues suponemos que habrá recibido información colateral del correspondiente ministerio. Sostener que la cripta en la que se hallan los restos no es un cementerio, sino un lugar de culto, produce vergüenza ajena. Piense un momento, eminencia. ¿De culto o de cultivo de una ideología que tendría que estar excomulgada, no solo por los poderes públicos, sino por los evangelios que usted, como consagrado, recuerda una y otra vez en sus escritos?

En ese espacio de muerte, los únicos que practican cultos, de forma periódica son miembros de la denominada Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz, cuya finalidad exclusiva es ensalzar el sesgado relato de los vencedores de 1936-1939. No son oraciones por las almas o las tibias de los muertos, sino una exaltación del golpismo que continúa activa en la actualidad y que persiste reivindicando dos notas esenciales de este pensamiento negacionista y equidistante.

El primero, la abstracción y olvido de los asesinados en la retaguardia navarra. Como no existieron, les asiste la absoluta impunidad en todos los órdenes. Pues lo que no ha existido, no puede ser mencionado, ni ser objeto de debate ni de responsabilidades.

El segundo, el empecinamiento cínico de presentar a los combatientes franquistas fallecidos como si se tratara de héroes, en defensa de unos valores que debería recuperar el resto de la sociedad como esencia del perfecto español. Cáigase del sicomoro, señor obispo: se trata de valores anticonstitucionales, antidemocráticos y antihumanos. Su reduccionismo histórico es alevoso, hecho con premeditación. Solo pretenden perpetuar la glorificación de unos muertos, cuya hoja de servicio es la quintaesencia del genocida.

No creemos que el ilustre casullas sea tan inocente como para no darse cuenta de la injusticia en que incurre. Por un lado, permite que la ultraderecha siga haciendo prácticas de culto ensalzando a sus muertos golpistas, y, por otro, no ha movido un dedo por conseguir que los familiares de los asesinados por los sublevados encuentren un lugar de reposo y sean honrados a pesar de los ingentes esfuerzos hechos por sus deudos y por las asociaciones memorialistas. ¿Cómo es posible que una eminencia sacra como la suya permita que dos genocidas tengan una cripta y quienes fueron asesinados por defender un orden constitucional y democráticos sigan desaparecidos por cunetas y fosas de nuestra geografía?

No sentimos decírselo, señor obispo. Así que se lo repetiremos una vez más. Ni cuando fueron asesinados, ni en la Transición, ni en la actualidad, ni la derecha navarra ni la Iglesia, se han mostrado autocríticos, sensibles, empáticos y colaborativos con la búsqueda de los restos de estos asesinados. Menos aún por hacerles un funeral gratis.

Todo lo contrario. Hoy es el día que el Arzobispado de Pamplona insiste en presentarse como “titular del derecho de usufructo a perpetuidad de la Cripta y de todos los elementos inmuebles que en ella se contienen”. ¿A perpetuidad? Pues el usufructo vitalicio se puede extinguir con la simple renuncia, sin olvidar que en este caso se trata de un usufructo contra legem, pues la situación atenta contra la legislación de la Memoria por escuálida que sea.

Que la jerarquía católica de Navarra se muestre partidaria del mantenimiento de la violencia simbólica, surgida tras el golpe de Estado de julio de 1936, es, cuando menos, un ultraje para quienes fueron asesinados y para sus familiares que solo buscan verdad, justicia y reparación de la mayor barbarie que ha padecido Navarra en toda su historia con el consentimiento y participación de la Iglesia.

En representación del Ateneo Basilio Lacort, Txema Aranaz, Pablo Ibáñez, Fernando Mikelarena, Carlos Martínez, Víctor Moreno, José Ramón Urtasun.

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80º aniversario de una masacre

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El episodio de los asesinados del Tercio de Sanjurjo fue uno de los más crueles y dramáticos en relación con el proceso de eliminación de simpatizantes de izquierda durante los primeros meses de la Guerra Civil y está especialmente vinculado a Navarra por el gran número de navarros afectados.

La Segunda Bandera de la Legión General Sanjurjo se constituyó el 1 de septiembre de 1936 en homenaje al general José Sanjurjo, muerto en accidente aéreo cuando iba a encabezar la sublevación del 18 de julio, con el fin de socorrer la zona del frente de Aragón al norte de la ciudad de Zaragoza hasta Ayerbe, donde se libraban violentos combates entre las tropas golpistas y las republicanas. Fue creada en Zaragoza en agosto de 1936 por el comandante Pedro Peñarredonda Samaniego, oficial retirado desde 1931 y que había combatido como capitán con la legión en Marruecos. Desde los últimos días de agosto las emisoras de radio zaragozanas llamaban a la población masculina a alistarse en dicha unidad. El día de la creación de la unidad la prensa local de Zaragoza publicó un llamamiento en el que se incluía explícitamente una proclama a los desafectos, a los que se proponía el ingreso en esta unidad con objeto de “hacer méritos que los rediman de su pasado”.

En la nueva unidad fueron obligados a alistarse originalmente unos 600 izquierdistas aragoneses, riojanos, sorianos y navarros a los que se les ofrecía así salvar su vida. La nueva unidad fue aprovechada por los represores navarros que ofrecieron alistarse en ella a los simpatizantes de izquierda que no habían sido apresados ni asesinados y que no habían marchado todavía al frente por no tocarles el reemplazo correspondiente o por negarse a marchar voluntarios. Por lo general, se convocó a aquellas personas de cada pueblo a una reunión en el ayuntamiento, en el Centro de Falange, e incluso en el puesto respectivo de la Guardia Civil, comunicándoseles la creación del citado Tercio e invitándoseles a alistarse para no ser fusilados. Hubo localidades en las que aquellos días se produjeron fusilamientos de varios vecinos con el fin de incentivar el alistamiento en dicha unidad de los simpatizantes de izquierda que permanecían en el pueblo. De casi treinta localidades navarras salieron voluntarios forzados para el Tercio de Sanjurjo, la mayoría de la Ribera. En algunas localidades hubo vecinos que les insultaron y les desearon destinos funestos. Quienes les conducían llevaban listados con anotaciones con calificaciones políticas para cada uno.

En 1976, José María Jimeno Jurío y el sartagudés Salvador de Miguel pudieron conocer los pormenores de lo sucedido en una entrevista que mantuvieron con el general Arazuri, que cuarenta años atrás había sido teniente del Tercio de Sanjurjo, y que fue grabada a escondidas por el primero. También obtuvieron datos del único superviviente de la matanza, el marcillés Esteban Marín Malo, que sería entrevistado en Interviú en 1980.

Habiendo llegado a Zaragoza el día 9 de septiembre, los miembros de la unidad que habían finalizado su periodo de instrucción fueron enviados a Almúdevar el día 29 o el día 30. A la mañana siguiente, no obstante, antes de entrar siquiera en combate, toda la unidad fue devuelta a San Gregorio, siendo desarmados y encerrados en diversos barracones muchos de sus integrantes. Entre el día 2 y el día 9 de octubre se producirían fusilamientos masivos en grupos de veinte individuos. Los fusilamientos fueron en el mismo campo de a San Gregorio, a quinientos metros de la Academia General Militar. Posteriormente, los cadáveres de los muertos eran cargados en camiones-volquetes y llevados hasta el cementerio de Torrero. Los asesinados serían entre 300 y 400. Aunque algunos testimonios hablan como causa de tal fusilamiento masivo el descubrimiento de un plan de deserción colectiva, otras fuentes, en cambio, niegan que dicho plan existiera, asegurando que la noticia del complot fue un pretexto alegado por los mandos, que desconfiaban de los subordinados por los informes que tenían sobre ellos, para dar así un castigo ejemplar a los restantes.

Tras todo ello, el Tercio Sanjurjo fue disuelto el 19 de octubre e incorporados sus efectivos restantes a la 51ª División con la que luchó primero en el frente de Huesca y luego en otros frentes. En agosto de 1937 los soldados de la Sanjurjo pasarían a la XV Bandera de la Legión.

Se ha estimado que los asesinados navarros en tal matanza del campo San Gregorio ascendieron a 225, pertenecientes a 22 localidades. Su desglose, según los últimos datos aportados por Juanjo Casanova en su blog, es el siguiente: Ablitas, 2; Andosilla, 16; Arróniz, 2; Cadreita, 6; Cárcar, 18; Carcastillo, 7; Estella, 1; Funes, 4; Lerín, 1; Lodosa, 21; Marcilla, 14; Mélida, 16; Mendavia, 2; Monteagudo, 3; Murillo el Fruto, 12; Olite, 14; Peralta, 1; Pitillas, 13; Sangüesa, 15; Santacara, 4; Sartaguda, 44; Sesma, 2; Tafalla, 2; Ujué, 5.

Muchos de los asesinados excedían las edades de los reemplazos objeto de movilización obligatoria, por lo que fueron invitados a ir a una guerra a la que en términos legales no estaban convocados, siendo objeto de una masacre que solamente puede entenderse como un fusilamiento diferido masivo fuera del entorno navarro.

La entidad de los hechos que traemos a colación, y de los que se cumplen estos días su ochenta aniversario, hace que sea oportuno solicitar a las instituciones representativas de los territorios de la mayoría de los asesinados (Parlamento de Navarra, Parlamento de La Rioja, Cortes de Aragón, así como Ayuntamiento de Zaragoza), la adopción de un acuerdo relativo a la instalación de un monumento conmemorativo de homenaje a las víctimas en los terrenos en los que sucedieron los hechos, que debería ser sufragado por los gobiernos autonómicos y en el que deberían constar los nombres de las mismas.

En representación del Ateneo Basilio Lacort, Fernando Mikelarena, Víctor Moreno, José Ramón Urtasun, Pablo Ibáñez, Carlos Martínez, Txema Aranaz

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Al Magisterio asesinado y represaliado: ‘In memoriam’

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Desde la revolución asturiana de octubre de 1934, las derechas insistirían en la necesidad de depurar al Magisterio, maestros e inspectores, a quienes se les acusaría de haber sido los cerebros intelectuales de aquel movimiento, “nutriendo con ideología marxista a la población infantil de pueblos enteros”, tal y como acusaba el periódico El Debate (30.10.1934). Tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, la acusación se convertiría en manía persecutoria. Abiertamente se señalaría a inspectores y a maestros como los causantes claves del advenimiento de la República y, sobre todo, de su asentamiento. Lo que significaba la consagración de un estado democrático y laico, concepto que una y otra vez las derechas asociarían con “un Estado ateo y soviético”, como sentenciara el vicepresidente de la Diputación, el carlista-fascista, Arraiza.

La Jefatura Técnica de Burgos, nido de militares perjuros, desde el primer instante, lo tuvo clarísimo: “Los funcionarios públicos y los de las empresas subvencionadas por el Estado, la provincia o el municipio o concesionarias de servicios públicos, podrán ser suspendidos y destituidos de los cargos que desempeñen cuando aconsejen tales medidas sus actuaciones antipatrióticas o contrarias al movimiento nacional” (Decreto 108 de la Junta Técnica del Estado, septiembre de 1936).

A partir del 18 de julio, las derechas se dedicarían con premeditación y alevosa consciencia a desmantelar el entramado institucional educativo de Navarra republicano, como no se haría en ninguna otra provincia. Lo hicieron con tanta intensidad y saña que hasta la Junta de Burgos tuvo que llamar la atención a sus verdugos entusiastas. Es bien sabido que el organismo encargado de llevar adelante la triple tarea inquisitorial señalada, sancionar, destituir y asesinar, sería la Junta Superior de Educación, órgano dependiente de la Diputación. Esta Junta, creada por las Cortes de 1828-1829, sería restablecida a finales de julio con los mismos objetivos criminales que tuvo la Santa Inquisición, inspirados por la Fe en el Crucificado y en la santa Cruzada emprendida contra la heterodoxia. Sus miembros serían: su presidente, José Gómez Itoiz, Diputado foral, miembro de la Junta Carlista de Guerra. Estaría acompañado por los siguientes vocales: Ignacio Astiz y Jesús Berasain catedráticos de Instituto; Felipe Peña y Pilar Barrera profesores de la Escuela Normal, Juan Guerendiain (profesor del seminario), Mariano Lampreabe (inspector de Primera Enseñanza), Casimiro Lizalde (maestro de Pamplona), Francisco Jiménez (Asociación católica de Maestros), Hermenegildo Caño (Director de los Maristas), Eladio Esparza (subdirector de Diario), Daniel Nagore (Asociación Católica de Padres de Familia), Ramón Bajo Ullibarri (Director de la Caja de Ahorros de Navarra), un padre y una madre designados por la Asociación católica de padres de familia y como secretario Benigno Janín, de la sección administrativa de Primera Enseñanza.

La presencia de ciertos nombres en este órgano del terror y de la barbarie desvelaría, una vez más, la confluencia de intereses económicos, religiosos y políticos que tuvo el golpe.

Ya es sarcástico que Can nunca haya dicho ni pío respecto a su connivencia con esta limpieza genocida de maestros que se perpetró en Navarra. En Vitoria hasta le dedicarían una escuela a Ramón Bajo y denigrante es constatar que siga así en la actualidad. Diario de Navarra se ha escudado siempre en generalidades y equidistancias baratas para escaquearse de su grave responsabilidad en inspirar y jalear la depuración, sabiendo como sabe que algunos prohombres del golpe eran, además de su director y subdirector, accionistas de su periódico. La presencia de Daniel Nagore, no solamente resulta indicativa de los intereses católicos como representante de Acción Católica. Durante la República, también, fue un acérrimo defensor de la no aplicación de la Reforma Agraria con artículos contra ella publicados en la revista La Acción Social Navarra. De ahí que, conociendo su envergadura fascista, golpista y gran depurador del magisterio y de la cultura republicana, tenga en la actualidad una sala dedicada a recordar su nombre en el edificio de Ingenieros Agrónomos de la UPNA. Es un baldón ignominioso que la propia Universidad debería sacudirse inmediatamente.

La pretensión de esta Junta era imprimir a la enseñanza en Navarra “un carácter eminentemente cristiano y católico, así como de un encendido patriotismo”. De este modo, “se veía obligada (sic) a sancionar a numerosos maestros en los que se ha demostrado no estar tales sentimientos cimentados en base firme, separándolos temporalmente de la función docente y alejándolos de las escuelas en las que han dado un ejemplo pernicioso que a toda costa es preciso contrarrestar”. (Diario de Navarra, 28.8.1936). Las listas de maestros depurados, sancionados y destituidos aparecerán una y otra vez en el periódico carlista El Pensamiento Navarro y en Diario de Navarra. Cada vez que se reproducían estas listas, un preámbulo con palabras más o menos semejantes justificaba su quirúrgica aplicación: “Se les aparta o se obliga a separar de sus funciones a todos aquellos que, después de comprobado con sobrados elementos de juicio, vienen desde hace mucho tiempo y, particularmente en los últimos años, demostrando un criterio sectario y antiespañol en las tareas docentes o inspectoras que tenían encomendadas, y ello como preliminar obligado de una depuración que pide el sentido de la justicia de una patria ultrajada con insistencia por aquellos en quienes su pertinacia, su conducta reprobable y profundo sectarismo, permiten presuponer casi imposible corrección en sus actuaciones futuras”.

Pero, si se repara en las acusaciones que contra ellos se esgrimieron, hay que concluir que rezuman sectarismo, parcialidad y fanatismo. Las delata hasta la pura formalidad en que están redactadas. Todos los casos se inspiran en la misma cuadrícula acusatoria. Esta homogeneidad en la inculpación revelaría el grado de siniestralidad con el que se llevó adelante esta limpieza ideológica y política. Lo más curioso es que en ningún momento acusarán a este magisterio de no ser buenos enseñando el teorema de Pitágoras o la oración simple.

Algunas de las enormes perversidades que perpetraban los maestros expedientados y sancionados al unísono republicano eran: “No ir a misa. Leer prensa sectaria o prohibida. Asistir a espectáculos públicos. Activismo político de izquierdas. Votar a las izquierdas. Resistencia a la autoridad. Vitorear la República. Militar en un sindicato”.

Jamás se dirá de ellos que no enseñaban bien a escribir y a leer, a multiplicar, a dividir y a hacer mejor la raíz cuadrada; de que engañaran a los niños diciéndoles que el río Ebro nacía en Huelva o que los Reyes Católicos, no solo no eran reyes, sino protestantes calvinistas, y homosexuales. Eran malos maestros porque odiaban a España y a Dios. ¡Qué barbaridad! Porque ser republicano significaba eso. Así que merecían ser sancionados, purgados y destituidos. Y, algunos de ellos, fusilados y arrojados a una sima o enterrados someramente en una cuneta. Por republicanos.

Navarra contaba, antes de esta bárbara limpieza genocida, con 1.088 maestros, hombres y mujeres. Jimeno Jurío establecería que 229 fueron sancionados o depurados (22% del total; 29% maestros y 15% de maestras). Las merindades que sufrieron mayor limpieza fueron Estella (29,4%) y Tudela (27,5%); Sangüesa con un 6,9%, la que menos sufriría este impacto

Y treinta maestros asesinados.

En 1943, el nuevo ministro franquista de educación, José Ibáñez Martín, diría: “Ha sido preciso someter una tarea dolorosa, pero necesaria de aniquilamiento y depuración. Como en un organismo vivo tiranizado por el mal, España tuvo que diseccionar zonas excepcionales de su masa vital. Al magisterio le afectó quizá con inusitada fuerza esta tarea de purificación. Pero un interés religioso y, un soberano interés nacional lo exigían así”. Ahora, tras ochenta años de silencio contumaz y premeditado, es urgente y necesario recuperar la labor y defensa de la República que hizo aquel magisterio navarro. Lo exige así la verdad y la justicia.

Firman este artículo: Víctor Moreno, Fernando Mikelarena, Pablo Ibáñez, Carlos Martínez, José Ramón Urtasun y Txema Aranaz. En nombre del Ateneo Basilio Lacort

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80 años después: el peso de la violencia simbólica

FosaComun

Los símbolos han sido un instrumento clave en la manipulación ideológica y para justificar la violencia contra cualquier disidencia. 80 años después, siguen siendo mecanismos de legitimación de la realidad impuesta tras el golpe. Así lo hicieron con la laureada o el crucifijo, y especialmente con el monumento a los Caídos, mausoleo de Mola, Sanjurjo y el golpismo carlista.

En relación con el relato de la limpieza política registrada en Navarra en 1936-1937, las instituciones públicas (Gobierno y Parlamento) parecen empeñarse en no querer superar un relato limitado a la memoria de las víctimas, como si los causantes de su dolor fueran espectros invisibles. La exposición del Opus Dei sobre la Guerra Civil lo refleja muy bien, por tratarse de un atentado premeditado y alevoso contra quienes en Navarra sufrieron una barbarie jamás conocida por esas tierras. Como si su muerte fuera casual, y no por culpa de unos asesinos bien concretos.

Lamentablemente, los actos que se organizan desde el nuevo Gobierno de Navarra tampoco suelen ir más allá, marginando lo que debería ser imperativo: el debate público mediante la confrontación de relatos plurales buscando una narración integral. Un relato que hablase de la magnitud de lo sucedido, de las personas asesinadas, violadas, ultrajadas…, de las características formales de los crímenes cometidos, de los victimarios, y, por supuesto, de sus consecuencias sociales, económicas y políticas. ¿Para qué? Para que la sociedad navarra se enfrente a aquellos años sin miedo, con madurez y responsabilidad. Hablemos con claridad. Los herederos ideológicos de los golpistas no son responsables directos de aquellos asesinatos, pero sí son responsables morales si no los condenan mientras mantienen su obscena equidistancia interpretativa.

No deja de ser chocante que la única iniciativa debatida en el Parlamento de Navarra acerca del tema que estamos comentando fuera una moción de UPN presentada a principios del mes de junio y que fue rechazada de plano por todos los grupos a excepción del PP y UPN. Su exposición de motivos olvidaba algo fundamental: no mencionaba ninguno de los extremos relacionados con la magnitud y características de la limpieza política desarrollada por el bando golpista en Navarra en contra de los partidos de izquierda. No se ponderaba el hecho de que la violencia política registrada en suelo navarro fue unilateral, dirigida desde el bando golpista contra los simpatizantes y militantes de los partidos que permanecieron fieles al gobierno republicano. Tampoco subrayaba la magnitud de los muertos y quiénes fueron sus victimarios.

El relato que sostiene la derecha sobre la limpieza política registrada en Navarra relativiza la tragedia. Desprecia las últimas contribuciones hechas desde la historiografía y no asume una política de memoria incluyente y plural, basada en la reclamación de las víctimas: “verdad, justicia y reparación”.

Tampoco es aceptable su pretensión de mezclar diferentes tipos de víctimas, tal y como se hacía en los puntos 2, 3 y 4 de aquella intervención. UPN planteaba conformar un depósito de víctimas de procedencia diversa. Piadosa intención. En realidad, su finalidad era lo contrario de lo que se pretendía: ocultar la dramática limpieza política que padeció la izquierda en Navarra. E, independientemente del reconocimiento que puedan tener otro tipo de víctimas -navarros asesinados en la retaguardia republicana y que recibieron honores durante el franquismo y por parte de la Iglesia católica; o las víctimas de los bombardeos que la aviación republicana realizó sobre Navarra, sobre todo en Tudela-, están las víctimas de la salvaje limpieza política llevada a cabo por el bando golpista. Y este hecho no puede minimizarse mediante subterfugio alguno.

Debe realizarse de forma diferenciada y debe ser enfocada desde una perspectiva distinta. No son hechos equidistantes. No es lo mismo morir en el frente que en una cuneta o en una tapia.

Consideramos que la gestión de la memoria de aquella violencia política también debe atender a los asesinados en otras provincias, realizada por agentes y responsables navarros. Por ejemplo, en la desarrollada en Gipuzkoa o Bizkaia tuvieron gran responsabilidad insignes falangistas y requetés navarros. La documentación sobre las andanzas criminales de Lucio Arrieta o Benito Santesteban está perfectamente documentada.

En el punto 5, UPN planteaba la promoción del conocimiento y reconocimiento de personas y/o autoridades que trabajaron antes, durante la guerra y postguerra para evitar asesinatos, represalias y favorecer la convivencia y reconciliación. Ignoramos en qué personas están pensando los autores de esta moción. Desde luego, las aportaciones más recientes han demostrado que los familiares de los asesinados tuvieron que vivir su dolor y su sufrimiento en la más completa soledad y miseria. Fueron poquísimas las personas socialmente relevantes que las apoyaron en la labor de localización de sus restos y de inscripción oficial de su fallecimiento en los juzgados. Mucho más meritoria fue la actividad en pro de una memoria temprana llevada a cabo por la propia izquierda y por el nacionalismo vasco desde el exilio, confeccionando los primeros listados de asesinados en 1940 y 1946. Tampoco hay que olvidar que el Consejo de Navarra en el exilio abogó por una política de justicia restauradora, por la que se enumerase e identificase a los asesinados, pero que también se castigara a los responsables y a los asesinos.

El punto sexto de la moción pedía que se destacaran aquellos pueblos navarros donde no hubo fusilados. Por un lado, resulta obvio que hubo pueblos donde no hubo asesinatos de población considerada desafecta al bando golpista. ¿Por qué? Porque no existía. Lo trágico sería que se produjeran asesinatos en pueblos donde la izquierda registró el apoyo de una minoría marginal, demostrándose así que la maquinaria de la persecución fue gravísima, dibujada con premeditación y alevosía por sus ejecutores. Por otra parte, el hecho de que incluso en la Ribera se dieran niveles diferentes en la magnitud de la limpieza política demuestra que ésta fue medida y regulada por la voluntad de los represores. De cualquier forma, conviene no olvidar que en la Ribera la persecución al izquierdista fue absoluta y abominable, como el ejemplo de imponer la colocación de brazaletes a los simpatizantes de la izquierda.

Por último, en relación con el punto siete, animamos a los poderes públicos de Navarra para que apuesten por la confección de un relato completo e integral, corrigiéndose las carencias observadas hasta ahora, de forma que se reconstruyan las ominosas características de la limpieza política desarrollada por el bando golpista y se definan sus agentes responsables. Nos gustaría que los poderes públicos promovieran una política de acceso a los documentos, permitiendo la consulta de fondos hasta ahora inaccesibles o que carecen de una descripción adecuada como los fondos militares del Ejército y de la Guardia Civil, y limando las reticencias de ciertos secretarios municipales que interpretan de modo torticero el derecho a la protección de los datos personales y del honor a la intimidad en documentos de hace más de 70 años.

80 años después, la violencia simbólica inherente al relato parcial de quienes se niegan a asumir la integridad de los hechos todavía se mantiene en pie. Y no es la mencionada moción de UPN la única de sus manifestaciones.

En representación del Ateneo Basilio Lacort, Fernando Mikelarena, Víctor Moreno, José Ramón Urtasun, Pablo Ibáñez, Carlos Martínez, Txema Arana

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FIESTAS DE SIN FERMIN

sanfermin

Cualquiera que no sea autóctono con denominación de origen o pamplonés de toda la vida y contemple el espectáculo que tiene delante de sus ojos durante estos días que llaman sanfermineros, se preguntará quién era ese buen tipo llamado Fermín y al que se rinde un absoluto vasallaje festivo y religioso.

Para su sorpresa, se encontrará con la certeza de que la mayoría de la gente que aclama y venera a dicho santo no tiene idea de quién era, si nació de mujer o de endriago, si tiene partida de nacimiento contrastada o si puso alguna vez sus pies en la ciudad. En fin, terminará por preguntarse si no será una leyenda deleitosa o un apócrifo como la copa de un abedul.

Siendo esto materia admirable para una persona más o menos crítica, mayor estupor le causará descubrir que, tratándose de un santo, usufructuado por la Iglesia católica, sea un poder político, como el Ayuntamiento de Pamplona, quien con mayor satisfacción dobla su espinazo ante una imagen que dicen es la del santo. Pues bien sabe este lector crítico que se trata de una adhesión confesional que le está prohibida por las leyes del Estado. Leyes que los políticos de dicha institución pública han jurado o prometido respetar, acatar y hacer cumplir, y que ni cumplen, ni acatan ni respetan. Aunque bien sabemos que sucede lo contrario.

Paralelo al espectáculo que la ciudad ofrece, también podrá el viajero accidental contemplar el esfuerzo titánico del municipio por enfrentarse a esa modernidad que le señala cumplir con cierta racionalidad y equilibrio en costumbres y tradiciones religiosas, y que atentan contra el principio democrático de la pluralidad confesional de la sociedad en que aquellas pretenden hacerse hueco y devoción en la calle, avasallando todo vestigio de pluralismo confesional.

Si escarba en el argumentario de estos ediles, terminará por saber que estos alegan que esa modernidad es una lata, porque se inquieta demasiado por asuntos que no merecen tanta inquisición, pues la tradición religiosa se basa en la fe inofensiva del creyente y nada hay que temer, ya que no tiene fundamento en la realidad. Como no la tiene la existencia del propio santo a quien le dedican todos los días de la semana sanferminera misas, octavas, vísperas, ofrendas y un repertorio confesional religioso variadísimo. Hasta los niños, adoctrinados por sus padres para su bien, piden su intercesión y la bendición de sus pañuelos fetiche, en un acto claramente fideísta, además de supersticioso.

¿Qué decir a todo ello? La verdad es que no cabe sino admirarse. Y reconocer el poder fascinante que tiene la nada, la fantasía, el relato apócrifo y la leyenda. ¿Y la mentira? No. La mentira bastardea la realidad y pierde su fuerza porque acaba desvelando su nula verosimilitud. La fantasía y el apócrifo están recubiertos de otra mermelada existencial.

Los creyentes del mundo se basan en la Nada consiguiendo, por paradójico que parezca, inventar relatos tan divertidos como los de la ciencia ficción. Esta gente tiene mucho mérito. Cortejadores habituales de la nada, se esperaría que fuesen discípulos del nihilismo. Pero no. Al contrario, se transforman en seres resolutivos, tanto que el fundamento de sus acciones lo asientan en dogmas, en principios categóricos, cuando no en verdades reveladas, y no, como sería lógico, en el escepticismo. Una transformación que a la modernidad racionalista e ilustrada le resulta incapaz de entender. Y eso que esta modernidad no ignora que aquello que no existe ha sido siempre lo más productivo para la creación artística. De hecho, gracias a que Dios no existe, han surgido además de teólogos, confesores y obispos, infinidad de sectas religiosas que pugnan por considerarse los únicos y verdaderos intérpretes de esa Nada.

San Fermín se inscribe en ese mismo territorio de la nada. Si hubiera existido como mandan los cánones del documento nacional de identidad, del padrón municipal y del pago de la contribución, hace tiempo que habríamos dejado de hablar de él. Y, por descontado, no tendríamos unas fiestas en su honor. Si las hay, fue porque no tuvo una existencia real. Pero no hay que alarmarse por saber que en los archivos de la ciudad no consta ni su huella dactilar, ni su reliquia. La constatación, más que una desgracia, es un alivio.

Porque esto es lo extraordinario. Haber construido sobre la nada más absoluta unas fiestas en nombre de alguien al que un cerebro tan poco sospechoso de ateísmo o de anticlericalismo, como el clérigo Goñi Gaztambide, ya lo señaló como personaje inventado, perteneciente a una tradición falsa, indemostrable, apócrifa, inexistente. A idéntica conclusión llegarían los investigadores José María Jimeno Jurío y Roldán Jimeno.

Este es el dato. No hubo un sujeto existencial llamado Fermín y nunca fue torturado ni martirizado. Por lo que sus hipotéticas reliquias del trigémino jamás se depositaron en esta ciudad. Ocurre en muchos lugares. Existe una infinidad de fiestas populares dedicadas a santos que nunca existieron. Y esa es la base de muchas tradiciones religiosas: el vacío, al que veneran de forma extraña e irracional los lugareños.

Lo que confirma lo que decíamos. La Nada puede convertirse en un poderoso generador de expectativas, ilusiones, creencias y demás alfalfa existencial. Invocar a un caballero inexistente como fundamento de unas actividades parecerá cosa de ilusos, pero es lo más habitual. De hecho, las tradiciones con más arraigo son aquellas que se basan en la fantasía y en el relato apócrifo. La pena es que exista una cuadrilla de explotadores que utilizan la buena fe de la gente para sacar provecho de unas fabulaciones increíbles.

Adquirir la marca sin Fermín para institucionalizar unas fiestas cívicas y civiles tiene mérito, sabiendo que dicho santo es una entelequia inventada por una hagiografía tan truculenta como divertida. Preguntar a cualquier individuo que forma esa masa que inunda calles, fuentes y terrazas quién era este hombre llamado Fermín, de dónde era, cómo era, qué le gustaba más si el tinto o el clarete, el abadejo o el ternasco de la Cuenca, será una pérdida de tiempo, porque nadie sabrá responder.

Es realmente extraordinario. A un tipo que no existió, la corporación municipal de Pamplona le dedica misas, himnos, vísperas, procesiones y rezos. Un triunfo de la nada y del vacío en todo su esplendor ruidoso. Lo más curioso es que nadie sabe si a este Fermín le gustaban los toros, pero, ya ven, todos los años se las ingenia para echar un capote a algún corredor despistado, evitando que un astado le deje la firma violenta de su ceguera en las tripas. Milagros así no los hace cualquier santo. Y, si de milagros hubiera que hablar, ninguno como el protagonizado por el Ayuntamiento actual, a quien le resulta más fácil creer en el capote del santo inexistente que en la pluralidad confesional democrática que le exige la Constitución.

Víctor Moreno, José Ramón Urtasun, Fernando Mikelarena, Txema Aranaz, miembros del Ateneo Basilio Lacort

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INSTRUCCIONES PARA SER REQUETÉ Y MATÓN

RequetesAntesDelAlzamiento

Ignoramos por completo si Jaime del Burgo mató a alguien dirigiendo un pelotón de fusilamiento en la vanguardia o en la retaguardia. Y es una pena que no lo sepamos, porque sería un dato más a añadir a su fabulosa biografía de aspirante a matón requeté. Pues, como cuenta Tito Livio, los vencedores presumían de los tracios que habían matado en una guerra. Era un timbre de gloria. Y, por lo que nos han contado abuelos de noventa años cuando su memoria era un prodigio de recobrar contextos y nombres de asesinos durante 1936, estos matones presumían de su colección de cadáveres como lo hacían aquellos antiguos soldados de los ejércitos de Craso, de César y de Marco Antonio. No creemos, por tanto, que en la biografía de Jaime del Burgo molestara lo más mínimo que figurasen en su haber una serie de nombres que se llevó al otro barrio en nombre de la Santa Cruzada. Supondría un laurel más en su testa.

Si Jaime del Burgo no se convirtió en un matón, lo sentiríamos mucho por él. Constituiría una grave laguna en su extenso currículum. Una contrariedad. Pues, leyendo su libro Requetés en Navarra antes del Alzamiento (Editorial Española, San Sebastián, 1939), parece que ésa fuese su máxima aspiración.

Informaba su autor de que escribió este libro en los aciagos días de enero de 1938 cuando estaba ingresado en el hospital militar Alfonso Carlos de Pamplona. Aseguraba en la dedicatoria -destinada a un ser vivo que gritaba vivas a la muerte y abajos a la inteligencia como Millán Astray-, que era “un combatiente mutilado por Dios y por España”. Lo entendemos. Cuando Dios y España mutilan a uno, lo dejan para el arrastre.

El libro es muy bueno desvelando las galerías interiores de un requeté fascista, enemigo de la República, de la democracia, del sufragio universal, del capitalismo sui géneris y de una monarquía que no fuera sustentada por un boina roja. De ahí que no se entienda que un libro tan perfecto dibujando mejor que un escáner la radiografía espiritual y carnal de su autor, no figure en la lista de sus publicaciones y, menos aún, no esté presente en las bibliotecas públicas de Navarra, de las que en su día fue director general. Trasladar el pensamiento con palabras exactas a un folio para perfilar el retrato de un requeté matón no es fácil y no está al alcance de cualquier escritor. Y, menos aún, si está convaleciente por la gracia de Dios. El texto, además de las fotografías de Del Burgo dirigiendo en el monte sus decurias, consta de tres partes: introducción, reproducción de los números -veinte en total- del semanario AET (Agrupación Escolar Tradicionalista) y dos capítulos sorprendentes: El Requeté, Ejército en la paz para la guerra y El Requeté al servicio de España. El 26 de enero de 1934 se publicaría el número 1 y el nº 20 el 8 de junio del mismo año.

Como decimos, sería muy triste constatar que Jaime Del Burgo no consiguió finalmente alcanzar ese tono místico de talento matonil al que aspiraba parte de su identidad trinitaria: “matón, terrorista e incendiario” (Trabajadores, 23.4.1934). Y no alarmarse por semejante adjetivación. Al contrario. Del Burgo nunca se sintió tan halagado recibiendo tales muestras de reconocimiento. De hecho, en el libro citado comentaría que “al enterarme de las lindezas que me dedicaba el papelucho de la calle de la Merced no pude por menos de sonreírme compadeciendo a los que se dejan engañar por gentes tan miserables”. ¡Qué grandeza de ánimo, Dios! ¡Qué conocimiento socrático tenía de sí mismo este hombre! Y qué gran generosidad la suya al agradecer a los demás aunque fueran alimañas socialistas (Del Burgo dixit), que te dijeran a la cara qué eres o aspirabas a ser. Estas cosas ayudan mucho a la propia realización posterior. Encontrar enemigos que corroboraran que ibas por el buen camino emprendido no es regalo que la vida proporcione a cualquier pelagatos.

Hemos dicho que Del Burgo decía que quería ser un requeté matón en el que las generaciones venideras reconocieran sin equívocos al hijo de Eusebio Del Burgo. Aclaremos. Ser matón no consistía solo en llevarse por delante unos cuantos socialistas y republicanos, “esa horda incendiaria y asesina”, como él los calificara. Ante todo y sobre todo había que ser un carlista intransigente. Con su habitual altanería lo diría: “somos intransigentes porque somos la verdad”. ¡Abracadabrante! No tenemos la verdad, somos la verdad. Y, cuando se es la verdad, hay que apartarse, porque seguro que te llega alguna bala perdida y te destrozas el esternón. Si añadías a ello el axioma revelado de que “la legalidad es buena cuando es la aplicación de la justicia divina a las leyes humanas”, entonces no queda más que callar. No extrañará, entonces, que dada esta situación, el republicano, el socialista y el ateo solamente existían para ser depurados o fusilados, por malos. No se deduzca de este abrupta conclusión que este hombre llamado Jaime del Burgo no fuera sensible a los demás. Para nada. Podía llegar a ser tan respetuoso que declaraba: “No nos metemos en las creencias individuales”, aunque luego siguiera diciendo “pero, convencidos de la verdad de nuestra religión, ninguna otra consentiríamos se manifestara públicamente”. Reconozcámoslo. Estamos ante un matón que, al menos, avisaba.

¿Y la legalidad? Está bien recordarlo. Para un carlista montaraz como Del Burgo sólo existía la ley de Dios y las tablas de Moisés. Sostendrá sin tapujos: “Nosotros tenemos que ir a la realización de la justicia en su significado verdadero; aunque para ello tengamos que pasar por encima de la legalidad. ¡Echemos por la borda la legalidad!”.

Parece, pues, que Del Burgo sabía muy bien lo que deseaba. Conocimiento que no estaba al alcance de los militantes carlistas de su misma camada. De esta lamentaría que “habían convertido el carlismo en uno de tantos, con menosprecio a la única actuación fundamental: la recluta de requetés y su organización militar con vistas a una próxima sublevación armada”. En consecuencia, en 1934, su particular modo de ser requeté se realizaba incendiando la República y hacerlo “no como partida, sino como ejército organizado; a lanzarnos hacia delante de una vez, y a que jamás pensamos en dar un solo paso atrás”. Muy comprensible si reparamos en que este hombre lo que quería era “salvar España con nuestra sangre, pasando sin miedo sobre las ruinas de las barricadas republicanas, que caerán al clamor de nuestras voces y al tronar de nuestros cañones”. Cuando la solución a un conflicto de envergadura se cifra en el revólver, no sigamos. Estamos ante un matón, un terrorista, un incendiario.

¿Que inventamos? Ni una coma. Él mismo nos ayudará a mantener nuestras convicciones cuando confiese que era partidario del “lenguaje persuasivo del plomo”. Y mucho más cuando intime que una de sus máximas aspiraciones era hacer con los enemigos “escudo de sus cadáveres”. Teniendo en perspectiva semejantes ideales, sería muy doloroso que no consiguiera realizar su ideal de requeté matón. En especial, si reparamos en el momento de su mayor iluminación hacia la consecución de esta meta: “Ha llegado un periodo de caza del hombre por el hombre, y en este deporte singular, preferible es ser cazador. Mucha prudencia para no ser muertos por la espalda y decisión en la lucha frente a frente».

A la vista de estas consideraciones, sería raro que Del Burgo no consiguiera satisfacer su sueño eterno más querido. Sin embargo, al cabo de los años prefirió no presumir de republicanos y ateos enviados a la diestra de Dios Padre. Quizás considerase que no fuera muy estético andar presumiendo de estas bagatelas. Sobre todo después de afirmar que los carlistas no salieron a la guerra para imponer una dictadura franquista; de vomitar sapos y culebras contra la unificación de Falange y Requeté y terminar aceptando cargos franquistas como vicesecretario de Educación Popular de FET y de las JONS y consejero del Movimiento Nacional. Lástima. El tracio Espartaco, a quien dice que admiraba, le habría recriminado cambiar sus antiguos principios de requeté matón por la sinecura de un despacho.

¿Consiguió finalmente realizar su sueño de matón? No seremos quienes lo neguemos. Entendemos que lo intentó hasta el último suspiro. Pues como él mismo dijo a Sanjurjo: “Guarda las alpargatas, general, yo te las calzaré algún día y te daré la boina y el fusil, pues nunca es más grande un hijo que cuando sigue las huellas de su padre”.

Entiéndase. Las huellas de un padre requeté y matón. Para otro viaje, no hace falta semejante boina y fusil.

Víctor Moreno, Fernando Mikelarena, Pablo Ibáñez, José Ramón Urtasun, Carlos Martínez y Txema Aranaz (Ateneo Basilio Lacort)

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