EL CARLISMO NO TIENE CURA

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Es evidente que el carlismo es una enfermedad incurable. Ni los viajes ni la lectura fueron capaces de erradicarlo. Lógico. Desde que Baroja dijo que pensar y ser carlista eran un oxímoron, cualquier tragedia futura sería posible. De hecho, sus epígonos actuales no hacen sino confirmar esta incompatibilidad cada vez que tratan de defender los 184 años luchando por las libertades, como reza su eslogan de partido. ¿Libertades? Veamos.

Por activa y por pasiva demostraron que su fundamental manera de solucionar los problemas políticos se redujo a echar mano del pistolón y de la espada. Consecuentes con este expeditivo sistema, durante el siglo XIX provocaron tres guerras fratricidas, consiguiendo que la Hacienda pública foral entrase en bancarrota y Navarra se convirtiera en la provincia del Estado con el índice de criminalidad más alto. Y todo por defender una ideología que cabía en un papel de fumar y nada original, basada en los tres conceptos que más fanáticos ha producido la historia:Dios, Patria y Rey.

Cuando los liberales implantaron en España el sufragio universal en 1890, los carlistas lo rechazaron. La democracia, el sistema parlamentario y electoral, los catalogaron como plantas exóticas al gen navarro. Para un viaje como el suyo, basado en una monarquía hereditaria, sobraban tales ingredientes políticos. El sufragio universal lo catalogaron como “superstición social”, atribuyéndole “una singular perfección de inexplicable capacidad para manejar a la muchedumbre, ignorante y ciega”. Como si la base neurobiológica de sus huestes fuera discípula aventajada de Einstein.

Tras las elecciones de 1903 afirmarán que “7.063 carlistas están dispuestos a votar contra la revolución con candidatura de máuser”. Menos mal que en 1898 avisaron que “sostendremos en una mano la azada y el rosario, y si llega la ocasión en la otra el fusil para defender a Cristo y luchar contra el liberalismo”.

Uno de sus capitostes, el tránsfuga Domínguez Arévalo, mantendrá incorruptible esta concepción sobre el sufragio universal. En las elecciones municipales de 1931 sostuvo: “Somos sustantivamente antiparlamentarios y no podemos sentir más que despectiva desafección al sistema electoral vigente”. Con relación a la voluntad popular, mantendría sin desafinar idéntica corchea que sus antediluvianos correligionarios de 1890: “Frente al desafinado imperio de la mayoría como fuente de legitimidad, frente a la ficción de un poder legislativo sin independencia, gregariamente sometido al gobierno, nosotros mantenemos siempre nuestra protesta nuestra clara adhesión a los claros principios del derecho público tradicionalista”.

Finalmente, concluiría retóricamente: “¿Cómo los tradicionalistas navarros vamos a consagrar como legítimo un sistema que además de pugnar con nuestra doctrina no ha sido adoptado nunca por la expresión del sentir navarro, ni practicado por Navarra cuando ésta era más dueña de sus destinos? Hay que ser lógicos”.

En efecto. Esta lógica los llevará en 1936 a sumarse al golpe. ¿Sumarse? ¿Acaso no fueron ellos quienes lo promovieron? ¿No decían que “Navarra fue la primera”? Sea como sea, formaron uña y carne con el movimiento militar golpista contra un gobierno elegido democráticamente mediante elecciones populares. Era el remate coherente con un pasado montaraz e insurgente. Se identificaron tanto con el golpe militar que Javier de Borbón-Parma, en una entrevista, elogiaría al general Franco y al Gobierno militar, para, luego, afirmar que “apoyaba decididamente el movimiento nacional con el que los tradicionalistas españoles se habían comprometido a colaborar”, haciendo hincapié que “lo primero que había que hacer en España era restaurar la civilización cristiana. (Diario de Navarra, 9.10.1936).

Lógico. Según el requeté Jaime del Burgo, los carlistas se habían entrenado durante la República para dar este golpe. Por esta razón, hay quien hablará de golpe carlista, pues la actuación de sus milicias sería clave en el triunfo de la barbarie que se perpetraría en Navarra.

Para su desgracia, y a pesar de su heroísmo matando rojos, tanto en el campo de batalla como en la retaguardia, donde no había ningún frente bélico, tras la guerra no obtendrían ningún botín suculento, ni satisficieron ninguna de sus reivindicaciones históricas, especialmente la de colocar a su borbón particular como jefe del Estado.

Los carlistas saldrían de esta guerra con el rabo entre las piernas. La dictadura se rio de ellos a la cara, después de su estremecedora entrega a matar y asesinar rojos, tanto en vanguardia como en retaguardia. También, a morir en el intento. En efecto, murieron jóvenes y hombres que consiguieron movilizar a base de manipulaciones, mientras que otros carlistas se quedaron en retaguardia repartiéndose parte del botín y los puestos clave de la Administración foral.

De este fondo revanchista nació su resquemor contra el franquismo. ¿Se habrían rebotado contra Franco caso de que éste, en lugar de haber elegido como rey a Juan Carlos, hubiese elegido a un primo de éste? No hace falta responder.

Podríamos aceptar benévolamente que una insignificante parte del carlismo, en los últimos años, pretendió redimirse de un pasado vergonzoso y vergonzante. Se trata de una tarea complicada donde las hubiera. Pasar de ser un partido integrista, reaccionario y golpista a un tipo de partido defensor de unos valores a los que antaño persiguió, es un espectáculo estimulante. Pero para redimirse deberían condenar ese pasado, ¿no?… ¿Por qué su intento de disfrazar su pasado refugiándose en un antifranquismo de última hora, manteniendo incluso el mismo nombre, símbolos, etcétera?

Su pasado histórico es un engrudo muy difícil de digerir. Está lleno de planteamientos contracorriente con los avances de la sociedad -políticos, científicos, económicos, culturales, sexuales-, con una tenaz oposición a la democracia y al sistema parlamentario. Ya no digamos su activa participación en el genocidio que hubo en esta tierra en 1936…, baldón ignominioso que difícilmente podría figurar en un museo, a no ser que se trate de un museo de los horrores.

Con estos antecedentes es paradójico que los herederos ideológicos carlistas reivindiquen un museo para recordar una historia llena de despropósitos políticos. Bueno, acaso lo reivindiquen como penitencia y, de paso, lo utilicen para mostrar al visitante que el carlismo ha sido históricamente una ideología nefasta para la convivencia. Decir lo contrario sería negar la historia.

Tampoco sería muy ético que un gobierno democrático sostuviera o subvencionara económicamente un museo cuyos elementos ornamentales y documentales, litúrgicos y rituales constituyen, constituyeron, una apología y exaltación de la guerra como medio único y exclusivo para solucionar los problemas de una sociedad en crisis…

A estas alturas, ni una buena inyección de Derechos Humanos sería capaz de curar el carlismo. No existe tal vacuna.

Firman este artículo: Víctor Moreno, Fernando Mikelarena, José Ramón Urtasun, Carlos Martínez, Pablo Ibáñez y Txema Aranaz, del Ateneo Basilio Lacort

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